lunes, 5 de enero de 2015

Pistola de silicón

Hay cosas de las que nos quejamos cuando somos madres jóvenes, cosas que nos acomplejan, nos hieren en lo más profundo de nuestro ego. 

Una de esas cosas es la palabra señora, es un término con el que jamás terminamos de familiarizarnos, y es cada vez más inevitable vernos aludidas con él y la mayoría de las veces parecería ridículo pedir que no nos dijeran así, por ejemplo: en el hospital cuando damos a luz (bonitas nos veríamos diciendo: señorita, por favor), en la escuela de los niños, aún cuando las maestras son de nuestra generación.  Pero hay momentos en los que es realmente desalentador, incluso ofensivo; un grupo de adolescentes en la calle nos llama señora cuando nosotras aún creíamos caber en esa generación; en una tienda cualquiera, pareciera que esa palabra más que de respeto es de distancia, indiferencia, contrario a la palabra señorita que por sí misma suena más amable, seguramente por el diminutivo. Señora suena a grande, voluminosa, que estorba; solamente suena bien en boca de un pretendiente o un amante; así hasta podría ser sinónimo de seducción, seguridad, fascinación. No sé a qué edad suena a respeto, lo que es seguro es que no se lleva con la juventud.

Aunque cueste trabajo admitirlo, hay actitudes que sin querer nos van enmarcando poco a poco en esa categoría, hasta que de repente, ya estamos metidas hasta el cuello en la doñez. Antes sacábamos en cualquier momento el mezcal de la bolsa, ahora sacamos Baileys y poco falta para empezar a sacar rompope; antes la llegada de la noche nos provocaba hormigueo en las piernas por ir a bailar, a brincar, a desatarnos la cabellera y destaparnos el escote, ahora preferimos lugares donde se puede ir a platicar, o en una casa donde podamos ir con niños y a una hora que a ellos les resulte prudente; nuestras anécdotas eran de amantes fugaces, locuras, ahora de problemas económicos, quejas de los maridos; lo que antes era una competencia de festividades, después se convirtió en competencia de dolencias, a todas nos duele algo, ya nos hace daño algún grupo de alimentos y el chiste es juntarse a exponer quejas. Y lo peor de todo es que ese cambio de actividades nos sigue resultando divertido.

Pero hay un acto innegable en el que ya nos asuminos como señoras, y ese acto es la necesidad de comprar una pistola de silicón; nada nos hace sumergirnos tanto en la doñez como poseer ese artefacto, no importa para qué sea utilizado, tenerlo en las manos es merecernos con todas sus letras la palabra SEÑORA. En ese nivel ya ni cómo ayudarnos