lunes, 21 de septiembre de 2015

Pornografía

Tenía 11 años cuando un día entré al cuarto de mis papás buscando chocolates y descubrí la pornografía. En un mueble que guardaba las pertenencias de mi papá había tres películas: Emmanuelle, Provocativas y eróticas y Taboo. Una cosa llevó a la otra y a lo largo de algunos meses yo ya había visto las tres películas completas, en los pequeños ratos en que me quedaba sola, que por cierto, eran bastantes.
Con el tiempo mis primos descubrieron lo mismo en sus casas y nos las arreglábamos para reunirnos un grupo como de 6 niños alrededor de los 12 años a ver las películas prohibidas de nuestros padres. Eramos vecinos y sólo bastaba llamar por teléfono para avisar que había casa sola y enseguida se improvisaba una función de cine. Nunca nos cacharon.
Los adultos escondían muy bien ese material, pero no contaron con que, al escondernos los chocolates, nos obligaban a revisar hasta el último rincón de la casa.
Descubrir los gustos ocultos de nuestros padres y saber que no todo gira en torno a los hijos, era como enterarse de una vida alterna, saber que existen a pesar de nosotros, los hijos.
No hay nada que a los papás les pertenezca totalmente: cualquier cosa que se compren, existe una gran posibilidad de que lo usen los hijos y hasta apoderarse de alguna pertenencia, llámese una libreta linda, un nuevo celular, una computadora, bolígrafos de colores, chocolates, etc.
Hace unos meses supe que existía un libro de colorear para adultos y desde el momento en que lo supe quise tenerlo. No lo había en ninguna librería así que lo pedí por internet y por fin lo tengo en mis manos. Sé que si mis hijos se enteran de su existencia querrán usarlo y colorear por lo menos una página. Lo tengo oculto para usarlo a escondidas y a solas, busco los ratos donde solamente somos mi libro, una caja de colores y yo. El Jardín Secreto es mi pornografía, mi gusto oculto. 
Y siempre procuro dejar los chocolates a la mano.



martes, 15 de septiembre de 2015

No aguantan nada

Hoy escuché una conversación en el trabajo. Llegué a la sala de maestros y un par de compañeros estaban casi al final de una conversación.

-La próxima semana vemos eso, es que ahorita es imposible, no me queda tiempo de nada. Como mi esposa fue a visitar a sus papás debo llegar a la casa, hacerme de comer, preparar mi ropa del siguiente día, hacer aseo. Ya sabes, esas cosas. Y pues está canijo.
-No sí, está pesado.

Al inicio pensé que el maestro se encontraba cuidando un familiar enfermo o algo que de verdad devore el tiempo de una persona. Pero no, encargarse de sí mismo es un trabajo pesadísimo, que mejor lo haga su esposa.

Nunca he sido feminista ni pretendo serlo pero reconocer que el trabajo de casa es pesado y desear que la mujer regrese para que se siga encargando de ello me parece una infamia, como infame me parece que sea lo principal que se extrañe de una pareja: no la convivencia, ni su compañía, sino su trabajo.

Si es pesado encargarse de uno mismo, deberían imaginar cómo es encargarse de sí mismo y además del marido y de los hijos si los hay. No es trabajo extra ser autosuficiente. Deberían decapitar a los que dicen que están de nana cuando les toca cuidar a sus hijos.

Lo peor de todo es que cuando una mujer sale a trabajar debe además encargarse de los demás y al final de sí misma. Afortunadas las que no están en esa situación y pueden presumir de que el trabajo de casa está equitativamente repartido.

La única ventaja que le encuentro es que se disfruta enormemente ver al marido hacerse bolas con la labor de amo de casa. Mirarlo todo desamparado como niño abandonado a su suerte. Con la ropa arrugada, ojeras y al borde de la desnutrición.