miércoles, 11 de noviembre de 2015

Fantasías docentes

Soñé con Alan. Era el jardín de un hotel, en la noche. Soñé que lo besaba y que él correspondía a ese beso. Fue un sueño que me desconcertó por el simple hecho de que Alan, en la vida real, es mi alumno y tiene 18 años recién cumplidos. Pero más aún, me desconcertó que me haya gustado y que hubiera despertado feliz.
En mis años de estudiante alguna vez me sentí atraída por maestros; el de inglés de la prepa, el de Géneros periodísticos en la universidad. Tal vez hubiera aceptado un amorío. Pero un alumno, relacionarse con un alumno implica romper la barrera que implica la jerarquía, cómo romper la sana distancia de alguien que me ve con respeto. Definitivamente no podría, ese límite para mí es impenetrable.
Aún así he tenido alumnos que me han resultado atractivos y cómo no admitirlo, hasta llegan a ser parte de mis fantasías. Generalmente me ha sucedido con alumnos adultos, hasta ahora.
Cuando llegó Alan a la escuela me pareció un chico místico. Siempre con toda seriedad, no reía las bromas de sus compañeros, no se relacionaba con nadie. Era muy acomedido y lo sigue siendo. Su vida es un misterio, siempre llega con sueño a la escuela, nadie sabe a qué se dedica además de las clases, y cumple satisfactoriamente con las obligaciones escolares. Es apuesto, de cuerpo atlético, moreno.
Jamás hubiera imaginado la mínima posibilidad de un beso, pero el sueño que tuve me mostró que esa alternativa existe. Me sentí culpable por soñar eso, como una acosadora de menores, aunque solamente haya sucedido en mi cabeza.
Llegué con la psicóloga de la escuela para platicarle el sueño y preguntar si era normal sentir esa culpa. Siempre con las palabras oportunas a la mano, ella logró que la culpa desapareciera de un momento a otro:
- ¿Cómo ves?¿Eso me convierte en una perversa, una depravada?
- No, no es para tanto, como no sentirse atraído si algunos ya se terminaron de desarrollar, ya tomaron forma a esta edad. ¿Te acuerdas de David C.?
- Sí.
- Me encantaba. soñé que le ponía una cogidota que lo dejaba colgado de la lámpara. Todavía hay veces que me lo imagino, sin querer, desnudo y en mi cama.
De pronto, el beso con Alan me resultó inocente. Y no, la depravada no soy yo.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Pornografía

Tenía 11 años cuando un día entré al cuarto de mis papás buscando chocolates y descubrí la pornografía. En un mueble que guardaba las pertenencias de mi papá había tres películas: Emmanuelle, Provocativas y eróticas y Taboo. Una cosa llevó a la otra y a lo largo de algunos meses yo ya había visto las tres películas completas, en los pequeños ratos en que me quedaba sola, que por cierto, eran bastantes.
Con el tiempo mis primos descubrieron lo mismo en sus casas y nos las arreglábamos para reunirnos un grupo como de 6 niños alrededor de los 12 años a ver las películas prohibidas de nuestros padres. Eramos vecinos y sólo bastaba llamar por teléfono para avisar que había casa sola y enseguida se improvisaba una función de cine. Nunca nos cacharon.
Los adultos escondían muy bien ese material, pero no contaron con que, al escondernos los chocolates, nos obligaban a revisar hasta el último rincón de la casa.
Descubrir los gustos ocultos de nuestros padres y saber que no todo gira en torno a los hijos, era como enterarse de una vida alterna, saber que existen a pesar de nosotros, los hijos.
No hay nada que a los papás les pertenezca totalmente: cualquier cosa que se compren, existe una gran posibilidad de que lo usen los hijos y hasta apoderarse de alguna pertenencia, llámese una libreta linda, un nuevo celular, una computadora, bolígrafos de colores, chocolates, etc.
Hace unos meses supe que existía un libro de colorear para adultos y desde el momento en que lo supe quise tenerlo. No lo había en ninguna librería así que lo pedí por internet y por fin lo tengo en mis manos. Sé que si mis hijos se enteran de su existencia querrán usarlo y colorear por lo menos una página. Lo tengo oculto para usarlo a escondidas y a solas, busco los ratos donde solamente somos mi libro, una caja de colores y yo. El Jardín Secreto es mi pornografía, mi gusto oculto. 
Y siempre procuro dejar los chocolates a la mano.



martes, 15 de septiembre de 2015

No aguantan nada

Hoy escuché una conversación en el trabajo. Llegué a la sala de maestros y un par de compañeros estaban casi al final de una conversación.

-La próxima semana vemos eso, es que ahorita es imposible, no me queda tiempo de nada. Como mi esposa fue a visitar a sus papás debo llegar a la casa, hacerme de comer, preparar mi ropa del siguiente día, hacer aseo. Ya sabes, esas cosas. Y pues está canijo.
-No sí, está pesado.

Al inicio pensé que el maestro se encontraba cuidando un familiar enfermo o algo que de verdad devore el tiempo de una persona. Pero no, encargarse de sí mismo es un trabajo pesadísimo, que mejor lo haga su esposa.

Nunca he sido feminista ni pretendo serlo pero reconocer que el trabajo de casa es pesado y desear que la mujer regrese para que se siga encargando de ello me parece una infamia, como infame me parece que sea lo principal que se extrañe de una pareja: no la convivencia, ni su compañía, sino su trabajo.

Si es pesado encargarse de uno mismo, deberían imaginar cómo es encargarse de sí mismo y además del marido y de los hijos si los hay. No es trabajo extra ser autosuficiente. Deberían decapitar a los que dicen que están de nana cuando les toca cuidar a sus hijos.

Lo peor de todo es que cuando una mujer sale a trabajar debe además encargarse de los demás y al final de sí misma. Afortunadas las que no están en esa situación y pueden presumir de que el trabajo de casa está equitativamente repartido.

La única ventaja que le encuentro es que se disfruta enormemente ver al marido hacerse bolas con la labor de amo de casa. Mirarlo todo desamparado como niño abandonado a su suerte. Con la ropa arrugada, ojeras y al borde de la desnutrición.


lunes, 5 de enero de 2015

Pistola de silicón

Hay cosas de las que nos quejamos cuando somos madres jóvenes, cosas que nos acomplejan, nos hieren en lo más profundo de nuestro ego. 

Una de esas cosas es la palabra señora, es un término con el que jamás terminamos de familiarizarnos, y es cada vez más inevitable vernos aludidas con él y la mayoría de las veces parecería ridículo pedir que no nos dijeran así, por ejemplo: en el hospital cuando damos a luz (bonitas nos veríamos diciendo: señorita, por favor), en la escuela de los niños, aún cuando las maestras son de nuestra generación.  Pero hay momentos en los que es realmente desalentador, incluso ofensivo; un grupo de adolescentes en la calle nos llama señora cuando nosotras aún creíamos caber en esa generación; en una tienda cualquiera, pareciera que esa palabra más que de respeto es de distancia, indiferencia, contrario a la palabra señorita que por sí misma suena más amable, seguramente por el diminutivo. Señora suena a grande, voluminosa, que estorba; solamente suena bien en boca de un pretendiente o un amante; así hasta podría ser sinónimo de seducción, seguridad, fascinación. No sé a qué edad suena a respeto, lo que es seguro es que no se lleva con la juventud.

Aunque cueste trabajo admitirlo, hay actitudes que sin querer nos van enmarcando poco a poco en esa categoría, hasta que de repente, ya estamos metidas hasta el cuello en la doñez. Antes sacábamos en cualquier momento el mezcal de la bolsa, ahora sacamos Baileys y poco falta para empezar a sacar rompope; antes la llegada de la noche nos provocaba hormigueo en las piernas por ir a bailar, a brincar, a desatarnos la cabellera y destaparnos el escote, ahora preferimos lugares donde se puede ir a platicar, o en una casa donde podamos ir con niños y a una hora que a ellos les resulte prudente; nuestras anécdotas eran de amantes fugaces, locuras, ahora de problemas económicos, quejas de los maridos; lo que antes era una competencia de festividades, después se convirtió en competencia de dolencias, a todas nos duele algo, ya nos hace daño algún grupo de alimentos y el chiste es juntarse a exponer quejas. Y lo peor de todo es que ese cambio de actividades nos sigue resultando divertido.

Pero hay un acto innegable en el que ya nos asuminos como señoras, y ese acto es la necesidad de comprar una pistola de silicón; nada nos hace sumergirnos tanto en la doñez como poseer ese artefacto, no importa para qué sea utilizado, tenerlo en las manos es merecernos con todas sus letras la palabra SEÑORA. En ese nivel ya ni cómo ayudarnos