Soñé con Alan. Era el jardín de un hotel, en la noche. Soñé que lo besaba y que él correspondía a ese beso. Fue un sueño que me desconcertó por el simple hecho de que Alan, en la vida real, es mi alumno y tiene 18 años recién cumplidos. Pero más aún, me desconcertó que me haya gustado y que hubiera despertado feliz.
En mis años de estudiante alguna vez me sentí atraída por maestros; el de inglés de la prepa, el de Géneros periodísticos en la universidad. Tal vez hubiera aceptado un amorío. Pero un alumno, relacionarse con un alumno implica romper la barrera que implica la jerarquía, cómo romper la sana distancia de alguien que me ve con respeto. Definitivamente no podría, ese límite para mí es impenetrable.
Aún así he tenido alumnos que me han resultado atractivos y cómo no admitirlo, hasta llegan a ser parte de mis fantasías. Generalmente me ha sucedido con alumnos adultos, hasta ahora.
Cuando llegó Alan a la escuela me pareció un chico místico. Siempre con toda seriedad, no reía las bromas de sus compañeros, no se relacionaba con nadie. Era muy acomedido y lo sigue siendo. Su vida es un misterio, siempre llega con sueño a la escuela, nadie sabe a qué se dedica además de las clases, y cumple satisfactoriamente con las obligaciones escolares. Es apuesto, de cuerpo atlético, moreno.
Jamás hubiera imaginado la mínima posibilidad de un beso, pero el sueño que tuve me mostró que esa alternativa existe. Me sentí culpable por soñar eso, como una acosadora de menores, aunque solamente haya sucedido en mi cabeza.
Llegué con la psicóloga de la escuela para platicarle el sueño y preguntar si era normal sentir esa culpa. Siempre con las palabras oportunas a la mano, ella logró que la culpa desapareciera de un momento a otro:
- ¿Cómo ves?¿Eso me convierte en una perversa, una depravada?
- No, no es para tanto, como no sentirse atraído si algunos ya se terminaron de desarrollar, ya tomaron forma a esta edad. ¿Te acuerdas de David C.?
- Sí.
- Me encantaba. soñé que le ponía una cogidota que lo dejaba colgado de la lámpara. Todavía hay veces que me lo imagino, sin querer, desnudo y en mi cama.
De pronto, el beso con Alan me resultó inocente. Y no, la depravada no soy yo.