jueves, 15 de septiembre de 2016

Cuélgate pero no te columpies.

Alguna vez hice uso de las influencias de mi padre para no hacer fila en el canje de placas vehiculares, sin embargo mis infracciones siempre las he pagado, un tanto por miedo al regaño y otro tanto por no entrar en el mecanismo de la corrupción, más por lo primero que por lo segundo. He tenido conocidos que han sido maestros de mis hijos, he sido maestra del hijo de algún conocido y eso de las palancas y los privilegios simplemente no se me da. Creo firmemente que eso de las influencias debería reservarse para emergencias.
Hace poco empecé a darle clases a una sobrina, nomás porque de vez en cuando nos hemos topado pero somos tan cercanas como los polos de la tierra. Ella nunca ha jugado con mis hijos, nunca ha estado en mi casa ni yo en la suya.  A su papá ni le hablo, cuando nos hemos topado nos saludamos y punto, en la calle ni a un saludo llegaríamos. 
Al principio me hizo ruido el hecho de que ella estuviera ahí, pensé en que tal vez pudiera sentirse vigilada y que cada paso que diera iba ser informado por mí a sus padres. Pero no, ni la más mínima intención de ello.
En el mismo salón está el hijo de una compañera de trabajo y se le ocurrió preguntarme si yo iba a tener a su madre al tanto de sus actos. Aproveché la ocasión para lanzar la indirecta y dejé en claro que no usaría las relaciones personales ni para bien ni para mal.
Siendo honesta me preocupaba más la incomodidad de la niña que la mía, hasta que un día se acercó y me dijo: dice mi papá que si le puede mandar su número de teléfono. ¿A lo que yo respondí: mas o menos como para qué? Ella dijo que nomás para estar en contacto. Se lo di (sí, pequé de ingenua, y lo ingenuo es pariente de lo pendejo) porque creí que se trataría de un acercamiento más bien familiar.
Ese mismo día en la noche recibí una llamada, era el padre de la escuincla. Saludó muy formalmente y expresó su inconformidad por el carácter obligatorio del desfile, que pensaba que por ser escuela de paga no los obligarían a "esas cosas".

-No sé si sea muy grave que no vaya al desfile, quería ver si no podrías tú ahí meter tu cuchara para que le dieran chance de no desfilar. Y luego solamente es obligatorio para los de primero.
-Mira, no tengo idea de qué pueda pasar exactamente. Es obligatorio para primero y segundo, los de último grado no desfilan porque ya no llevan educación física y sólo dos alumnos de primero no van a desfilar: uno está enfermo del corazón y el otro tiene prótesis en las piernas.
-Y es que la inseguridad, después de los granadazos... ps está cabrón.
-Es fácil de resolver, si esas son tus razones puedes ir a hablar con la directora, explicarle tus razones, yo te garantizo que te resuelve y respeta tu desición de que la niña no desfile, pero como es calificación le tocará tal vez reponer con algún trabajo.
-Bueno, voy a hablar con ella, a ver si quiere desfilar o hacer trabajo.
(¿no que era la inseguridad?)

Nos despedimos y ahí acabó todo. No tendría problema en apoyar en algo si así se requiere pero esas son, en toda la extensión de la palabra, mamadas.
Para concluir, no me queda decir más que...
Esos son huevos y no chingaderas.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Pijamadas organizadas por hombres

Recuerdo cuando era niña y no me quería ir de una fiesta, era común que alguno de mis tíos dijera sin consultar a su esposa: pues quédate a dormir en la casa. Acto seguido mi madre me daba permiso; ninguna mamá diría una respuesta negativa si le quitan por una noche al escuincle. Observo que cuando se juntan los tíos, muy entusiastas (los hombres claro) hablan de juntar a todos los nietos para que se conozcan mientras las mujeres saben que les espera mucho trabajo si eso se llegara a realizar. 
En algún momento mi ingenua cabecita imaginó que yo podría descansar a pierna suelta todas las vacaciones, o al menos durante mi estancia en el gabacho, pero no, porque mi marido invitó a los sobrinitos a quedarse a dormir; el bomboncito fue a recolectar niños y acto seguido se encerró en su recámara a dormir, unos andaban corriendo, a otros se les ocurrió que era buena idea ponerse a cocinar dejando la cocina como una explosión de grasa y harina que obviamente no va a limpiar quien los convocó.
Me espera una noche larga, y a mi Príncipe Azul una reconfortante noche y mañana seguramente se levantará a medio día.
No me queda más que contar hasta 10, preparar dos litros de café, y mentar madres.
Hijo de la chingada.

martes, 12 de julio de 2016

Miada Madrina

Una boda por la iglesia está llena de romanticismo, siempre, más que la del civil por mucho que hagan fiesta en grande. La iglesia, las flores, la marcha nupcial, los votos, todos esos simbolismos que representan el ideal (del año del caldo) de la dinámica matrimonial. Es un gasto enorme, sí, pero quedan las fotos y el video que se le mostrará a cualquiera que visite el nuevo hogar y con el tiempo, también a los nietos, colgará en la pared la fotografía ampliada que al paso de los años contrastará en jovialidad con los esposos.
Sin embargo, existe una desventaja que nadie toma en cuenta y de hecho nadie nota sino hasta que se ve rodeado, invadido, saturado de ahijados. Para cualquier sacramento a celebrar en la iglesia se sugiere que los padrinos, si son pareja, estén casados por la ley de Dios. Dado que hoy en día son pocos los que cumplen con el trámite, a  los pocos que quedan se les carga la mano, y feo.
Anteriormente se hacía la elección de padrinos por el aprecio que se les tuviera, por el buen ejemplo que pudieran dar al ahijado; ahora se elige en función del poder adquisitivo que tenga el padrino y, en el último de los casos, cualquiera que esté casado por la iglesia sirve.
Mi primer ahijado fue de bautizo y lo adquirí cuando no estaba casada, en este caso sí fue especial porque nos eligieron a Príncipe Azul y a mí porque creyeron que éramos los adecuados, debimos hacer todo un trámite con testigos de por medio para demostrar que no vivíamos "en pecado". ¿No duermen en la misma cama? preguntó el padre, pero nada dijo sobre hacer otras cosas, así que técnicamente no mentimos cuando dijimos que no.
El segundo ahijado era hermano del primero, ya estábamos casados pero el momento fue menos emotivo ya que a los papás del niño se les salió decir: es que no se nos ocurre quién más.
El tercero y cuarto venían en paquete, dos niñas (una hermana y la otra sobrina de Príncipe) que harían la Primera Comunión. Eso de los apadrinamientos comenzó a cansarme porque esta ceremonia fue el 25 de diciembre a las 8 de la mañana, sí después de navidad, crudos y cansados cumplimos con nuestro compromiso.
El quinto ahijado fue la hija de mi hermana, una niña que en este momento me da algo de desconfianza, pero de bebé era linda. Todo lo relacionado con su bautizo fue raro, incómodo porque el sacerdote tenía intereses personales en la familia (esos sujetos también tienen su corazoncito), eso sin mencionar que se perdió el rastro del sacerdote y de la ceremonia, en el templo no hay nada que demuestre que mi sobrina fue bautizada, lo que para efectos prácticos, me libera de un ahijado.
El sexto ahijado se dio de manera rara: Príncipe tuvo la brillante idea de ir al lugar donde vivió su infancia a ver si aún podía encontrar a quien fue su compañero en el kinder. Lo encontró y regresó de Tafetán con la noticia de que seríamos padrinos del hijo de éste, que por cierto, aún venía en camino. Viajé dos veces a Tafetán, una para conocer a mis futuros compadres, otra para el bautizo. No es bonito llegar a una casa donde no existe la total confianza de entrar a la cocina y simplemente tomar un vaso de agua, menos cuando se tienen 5 meses de embarazo. Al final de la ceremonia los compadres expresaron su deseo de pasar una temporadita en Morelia, particularmente en nuestra casa. No una visita de fin de semana, no, una "temporadita. Nunca me había dado tanto miedo un diminutivo. Dijimos que teníamos cosas por hacer y que nosotros nos pondríamos en contacto. Desaparecimos, huimos como de una peste y cambiamos nuestros números de teléfono.
El séptimo ahijado venía de una familia que apreciábamos, nos lo pidieron de la manera más sensata. El papá del niño había perdido recientemente un hermano en las mimas fechas que nosotros perdimos un bebé, y también un bebé de ellos nació, decidieron ponerle el nombre del tío, Yony (sí, no Johnny ni Jonny, Yony) y como pensaban que de alguna manera estábamos unidos por las pérdidas, pensaban que unirnos en esta ceremonia nos hacía de alguna manera homenajear a nuestro hijo y a su hermano, que prácticamente se fueron juntos. Fue el segundo "madrinazgo" que disfruté.
Mi primer ahijado hizo la Primera Comunión, fue la octava vez que fui a pláticas al templo, compré ropa y una vela, y que acudí puntualmente a una ceremonia. Sinceramente ya estaba harta, porque para esas fechas Príncipe ya no vivía en la ciudad y por supuesto, todo lo tuve que hacer yo, desde ir a pláticas una semana entera, hasta ir a la ceremonia que para colmo, cayó el día de mi cumpleaños y para rematar, el niño haría la Comunión y la confirmación el mismo día. La primera ceremonia fue a las nueve, una modesta misa de 3 horas, de ahí nos fuimos a desayunar y de ahí regresamos a la iglesia para la segunda ceremonia que terminó a las 3 de la tarde. Después llegó la hora de "disfrutar" la fiesta (¿sí mencioné que ya estaba hasta la madre?). Me pude liberar como a las 7 de la noche para entonces sí, ir toda cansada y enfadada, a festejar mi cumpleaños con una amiga.
Hay un octavo ahijado. Nunca he entendido para qué demonios la gente elige padrinos de graduación, honestamente no le encuentro sentido, como si no fuera suficiente comprometer a la gente con las ceremonias religiosas. En realidad Príncipe fue elegido por una prima suya que recién terminaba la secundaria, a él le resultó fácil decir: pues no estoy yo pero está Gaby. Y ahí voy, con una niña de 7 años que no quería ir, un bebé que apenas empezaba a caminar y el tradicional arreglo de flores. La escuincla ni me saludó, es más ni siquiera se me acercó. Noté un poco forzada la invitación a almorzar, intuyo que no tenían nada preparado y esperaban que me fuera después de la ceremonia, y lo habría hecho, pero la graduada no se me acercó ni para recibir lo que llevaba para ella. Además del arreglo le di un estuche de maquillaje con unos 4 o 5 artículos para su belleza personal; así como me recibió el regalo, así lo dejó en un rincón, no lo abrió; se cambió y se salió a la calle con sus amigas. Años después me busca por Facebook diciendo: hola madrina. ¡Horror! 
Por último, mi ahijado número nueve. Me pidieron los datos de quien va a ser la madrina de mijo, como nomás me sé datos tuyos, te puse a ti -dijo mi hermana. Casi lloro de la emoción y de la emotividad del momento. Al rato son las pláticas -dijo mi hermana, para sugerirme que fuera. No pude ir, me avisó dos días antes la fecha y hora de la ceremonia, tampoco pude ir. En la boleta consta que yo fui su madrina de Confirmación, pero en realidad fue mi madre, de mala gana por cierto.
Si de algo estoy convencida es que ya no quiero más ahijados, la única vez que fue mi iniciativa ser madrina, resulta que ya tenían a alguien. 
Todo esto es consecuencia de haber dado el "sí" frente a Dios, y ahora hay 9 inocentes con padrinos divorciados. Que Dios me perdone, pero él empezó primero.


sábado, 11 de junio de 2016

April rain

Ya pasaron tres semanas y aún no puedo asimilar que fui a un concierto de Guns, aún no creo que estuve ahí.
Todo empezó cuando yo tenía 7 años, mis hermanos, más grandes que yo por 10 y 12 años respectivamente, no jugaban conmigo. Mis compañeros de juegos y mis cómplices fueron mis primos, a ellos les gustaba Guns n' Roses y cada que iba a su casa, sonaba el disco Appetite for Destruction y noté que había una canción en particular que me gustaba: Sweet chind o' mine. Después empecé a prestar atención a las demás canciones hasta que me terminó gustando más de la mitad del disco. Les pedí a mis padres que me lo compraran, me compraron el casete.
En mi cumpleaños número 8 sonó durante toda la fiesta el casete. Mis amigas llevaban puestos vestidos de olanes y yo lucía unos jeans, tenis y mi elegante playera de Guns n' Roses.
Duré años con ese casete, escuchándolo todo el tiempo ya que no era na época en la que fuera fácil hacerse de su música favorita, la costumbre era plantarse en el radio con la esperanza de que pasaran las canciones favoritas, pero en el radio no sonaba GNR.
Un día llegó a la casa el servicio de Telecable, descubrí el canal MTV, que se volvió mi canal favorito. Fue ahí donde conocí a los integrantes, donde tomaron forma las voces y los sonidos de mi casete "Apetite for destruction". Pasaba las tardes esperando ver algún video.
Lamenté mucho enterarme de la separación del grupo, durante mucho tiempo deseé haber nacido unos diez años antes para haber podido presenciar uno de sus conciertos.
La señora que le pintaba el cabello a mi mamá había ido a verlos a la ciudad de Guadalajara, y por si fuera poco los persiguió a su hotel hasta lograr conseguir una foto con Axl, a mí me gustaba acompañar a mi madre solamente para ver esa fotografía y lamentar estar demasiado chica como para haber hecho lo mismo, perseguir a mi banda favorita.
Pasaron los años y a pesar de que mis gustos musicales se diversificaron GNR siempre estuvo presente, era un gusto que compartía con mis hermano, de los pocos gustos que compartíamos porque él era doce años más grande. Era mi héroe y el rock era de lo poco que teníamos en común.
Me dio gusto el reencuentro de la banda, pensé que podría verlos por televisión o por internet o escuchar algún material nuevo. Cuando escuché que vendrían a México ni siquiera me planteé la posibilidad de asistir, puesto que nunca había ido a un concierto fuera de mi ciudad, y jamás había pagado más de 500 pesos por un boleto. Pensaba también que sería un problema el transporte, es caro ir a la Ciudad de México y además moverme de la central al Foro Sol no sería fácil. Publiqué en Facebook mis ganas de ir a ver si alguien me invitaba a irme en grupo pero no hubo respuesta. Me desanimé.
Al poco tiempo vi que se estaban varios tours para ir al concierto, además de que era barato sería de Morelia al Foro Sol y directo de vuelta, el mismo día. Entré a la página de Ticketmaster y ya se habían agotado los boletos. Lo había pensado demasiado. No me tocaba -pensé.
Se abrió una segunda fecha y asumí que se trataba de decisiones rápidas, así que compré mi boleto en una zona media en cuanto a precio y reservé mi lugar en el tour. Iría sola. Aún con el boleto en la mano, era algo que veía muy lejos, faltaban dos meses, y no me parecía real.
Tuve varios miedos, uno de ellos surgió al leer en internet que en algún tiempo se cancelaron conciertos por caprichos de Axl. Otro era que lo del tour fuera un fraude. Otro, que un imprevisto me impidiera llegar a tiempo y que el autobús se fuera sin mí. Que lo cancelaran por las inclemencias del tiempo. Todos los miedos se fueron agudizando conforme se acercaba la fecha.
Estuve al pendiente por internet de la llegada del grupo a México, de los detalles del primer concierto y empecé a sentir la ansiedad donde suele sentirse: en el estómago.
No pude dormir, estuve dando vueltas creando en mi cabeza la experiencia. Me levanté temprano y preparé todo lo necesario para mis hijos, incluyendo las maletas porque se quedarían con mi madre, que además de prestarme su tarjeta cuidó de mis hijos y se mostró empática con mi entusiasmo.
Fui a la casa de mi mamá a dejar la comida hecha desde temprano, era lo menos que podía hacer si me iban a cuidar a mis hijos todo el día. Me preparé, revisé por enésima vez mi bolsa para verificar que llevaba todo lo que necesitaba y me encaminé a la parada de la combi que me llevaba a Walmart. Sin embargo me desesperé y me subí  mejor a un taxi. Cuando legué ya había mucha gente formada para abordar el autobús. Algo que no había contemplado es que me tocara un lugar feo, pues pasó: había un señor con el que ni su familia quiso viajar, estaba por demás corpulento y ocupaba asiento y medio. Me tocó viajar pegada al baño y a un lado de él, casi embarrada en la ventanilla. Ni eso bajó mi entusiasmo por el concierto.
Se hizo una parada en un restaurante de la carretera en Toluca, ahí fue donde resentí el haber ido sola. En los alrededores no había nada más que ese restaurante, por lo tanto todos se metieron ahí, pensaba hacer lo mismo pero vi que en todas las mesas había grupos de personas, nadie iba solo. No me atreví a sentarme en algún rincón, aislada y comiendo sin compañía, así que me quedé afuera estirando las piernas. Fui la fotógrafa de los grupos que se tomaron fotos en la orilla de la carretera, emocionados porque ya faltaba poco para llegar. Yo no tenía con quién tomarme fotografías.
Cuando llegamos al Foro Sol ya se sentía la euforia. Lo primero que hice fue comprar una playera y entrar al baño. Decían que adentro la comida estaba carísima pero afuera no se veía nada de puestos. En un rincón estaba un puestesito de tacos de canasta, ahí comí antes de entrar.
Pasé por todos los filtros y ya adentro me coloqué en mi lugar, mismo que tuve que dejar para resguardarme porque empezó a llover a cántaros, con todo y granizo. Nuevamente me asaltó el miedo de que se cancelara por lluvia. Regresamos a los lugares y empezó a llegar más gente, unos chicos que eran de León me incluyeron en su relajo, conversamos todo el rato que estuvimos esperando, cantamos y gritamos juntos durante el concierto.
Al grupo telonero ni atención le puse, yo seguía sin creer que me encontraba ahí para ver a Guns n'Roses. Después, una espera de media hora, los ánimos se intensificaron. Sonó la melodía de los Looney Toons, un silencio y después ruidos de instrumentos.
Yo podía sentir la adrenalina en cada parte del cuerpo, mi banda favorita, la música de toda mi vida a punto de sonar en vivo. "Hola" dijo Axl y estallaron los gritos junto con la canción It's so easy. Se escuchaba la gente gritar y a mi garganta no le puso salir ni el mínimo sonido, me quedé petrificada.
Fue hasta la segunda canción, Mr. Brownstone, que dejé salir el primer grito y la tercera canción fue la que me hizo desfogar toda la emoción contenida, esa canción fue Welcome to the jungle. Sentí una especie de escalofríos que nada tenían que ver con la lluvia, cada canción me despertaba una emoción diferente y me remitía a distintos momentos de mi vida, el concierto fue una montaña rusa de emociones. Las personas que iban en grupo se volteaban a ver con sus amigos como para verificar que era verdad lo que estaban viviendo, se abrazaban, chocaban sus palmas. Yo volteaba a mi alrededor y más me daba cuenta de que estaba sola en medio de 64 mil personas. Eso no impidió que disfrutara el concierto, sabía que estaba viviendo una de las mejores experiencias de mi vida. Al salir caminé hacia el autobús no sin comprar unos cuantos souvenirs que ahora se han convertido en un tesoro intocable. Me acomodé en mi lugar y traté de dormir, así, con la ropa empapada, con un tipo demasiado robusto a mi lado que no me dejaba ni moverme, con frío, con ganas de vomitar porque a la entrada me quitaron mis dramaminas, pero contenta, feliz.
Llegamos a las 5 de la mañana y todavía nos tomó algo de tiempo encontrar taxis, la gente empezaba a ir a su trabajo.
En los siguientes días no pude hablar de otra cosa, no pude escuchar otra música y aún ahorita, a casi dos meses, quedan restos de emociones y gritos que se quedaron atorados en la garganta. De los mejores recuerdos que atesoraré hasta que muera.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Fantasías docentes

Soñé con Alan. Era el jardín de un hotel, en la noche. Soñé que lo besaba y que él correspondía a ese beso. Fue un sueño que me desconcertó por el simple hecho de que Alan, en la vida real, es mi alumno y tiene 18 años recién cumplidos. Pero más aún, me desconcertó que me haya gustado y que hubiera despertado feliz.
En mis años de estudiante alguna vez me sentí atraída por maestros; el de inglés de la prepa, el de Géneros periodísticos en la universidad. Tal vez hubiera aceptado un amorío. Pero un alumno, relacionarse con un alumno implica romper la barrera que implica la jerarquía, cómo romper la sana distancia de alguien que me ve con respeto. Definitivamente no podría, ese límite para mí es impenetrable.
Aún así he tenido alumnos que me han resultado atractivos y cómo no admitirlo, hasta llegan a ser parte de mis fantasías. Generalmente me ha sucedido con alumnos adultos, hasta ahora.
Cuando llegó Alan a la escuela me pareció un chico místico. Siempre con toda seriedad, no reía las bromas de sus compañeros, no se relacionaba con nadie. Era muy acomedido y lo sigue siendo. Su vida es un misterio, siempre llega con sueño a la escuela, nadie sabe a qué se dedica además de las clases, y cumple satisfactoriamente con las obligaciones escolares. Es apuesto, de cuerpo atlético, moreno.
Jamás hubiera imaginado la mínima posibilidad de un beso, pero el sueño que tuve me mostró que esa alternativa existe. Me sentí culpable por soñar eso, como una acosadora de menores, aunque solamente haya sucedido en mi cabeza.
Llegué con la psicóloga de la escuela para platicarle el sueño y preguntar si era normal sentir esa culpa. Siempre con las palabras oportunas a la mano, ella logró que la culpa desapareciera de un momento a otro:
- ¿Cómo ves?¿Eso me convierte en una perversa, una depravada?
- No, no es para tanto, como no sentirse atraído si algunos ya se terminaron de desarrollar, ya tomaron forma a esta edad. ¿Te acuerdas de David C.?
- Sí.
- Me encantaba. soñé que le ponía una cogidota que lo dejaba colgado de la lámpara. Todavía hay veces que me lo imagino, sin querer, desnudo y en mi cama.
De pronto, el beso con Alan me resultó inocente. Y no, la depravada no soy yo.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Pornografía

Tenía 11 años cuando un día entré al cuarto de mis papás buscando chocolates y descubrí la pornografía. En un mueble que guardaba las pertenencias de mi papá había tres películas: Emmanuelle, Provocativas y eróticas y Taboo. Una cosa llevó a la otra y a lo largo de algunos meses yo ya había visto las tres películas completas, en los pequeños ratos en que me quedaba sola, que por cierto, eran bastantes.
Con el tiempo mis primos descubrieron lo mismo en sus casas y nos las arreglábamos para reunirnos un grupo como de 6 niños alrededor de los 12 años a ver las películas prohibidas de nuestros padres. Eramos vecinos y sólo bastaba llamar por teléfono para avisar que había casa sola y enseguida se improvisaba una función de cine. Nunca nos cacharon.
Los adultos escondían muy bien ese material, pero no contaron con que, al escondernos los chocolates, nos obligaban a revisar hasta el último rincón de la casa.
Descubrir los gustos ocultos de nuestros padres y saber que no todo gira en torno a los hijos, era como enterarse de una vida alterna, saber que existen a pesar de nosotros, los hijos.
No hay nada que a los papás les pertenezca totalmente: cualquier cosa que se compren, existe una gran posibilidad de que lo usen los hijos y hasta apoderarse de alguna pertenencia, llámese una libreta linda, un nuevo celular, una computadora, bolígrafos de colores, chocolates, etc.
Hace unos meses supe que existía un libro de colorear para adultos y desde el momento en que lo supe quise tenerlo. No lo había en ninguna librería así que lo pedí por internet y por fin lo tengo en mis manos. Sé que si mis hijos se enteran de su existencia querrán usarlo y colorear por lo menos una página. Lo tengo oculto para usarlo a escondidas y a solas, busco los ratos donde solamente somos mi libro, una caja de colores y yo. El Jardín Secreto es mi pornografía, mi gusto oculto. 
Y siempre procuro dejar los chocolates a la mano.



martes, 15 de septiembre de 2015

No aguantan nada

Hoy escuché una conversación en el trabajo. Llegué a la sala de maestros y un par de compañeros estaban casi al final de una conversación.

-La próxima semana vemos eso, es que ahorita es imposible, no me queda tiempo de nada. Como mi esposa fue a visitar a sus papás debo llegar a la casa, hacerme de comer, preparar mi ropa del siguiente día, hacer aseo. Ya sabes, esas cosas. Y pues está canijo.
-No sí, está pesado.

Al inicio pensé que el maestro se encontraba cuidando un familiar enfermo o algo que de verdad devore el tiempo de una persona. Pero no, encargarse de sí mismo es un trabajo pesadísimo, que mejor lo haga su esposa.

Nunca he sido feminista ni pretendo serlo pero reconocer que el trabajo de casa es pesado y desear que la mujer regrese para que se siga encargando de ello me parece una infamia, como infame me parece que sea lo principal que se extrañe de una pareja: no la convivencia, ni su compañía, sino su trabajo.

Si es pesado encargarse de uno mismo, deberían imaginar cómo es encargarse de sí mismo y además del marido y de los hijos si los hay. No es trabajo extra ser autosuficiente. Deberían decapitar a los que dicen que están de nana cuando les toca cuidar a sus hijos.

Lo peor de todo es que cuando una mujer sale a trabajar debe además encargarse de los demás y al final de sí misma. Afortunadas las que no están en esa situación y pueden presumir de que el trabajo de casa está equitativamente repartido.

La única ventaja que le encuentro es que se disfruta enormemente ver al marido hacerse bolas con la labor de amo de casa. Mirarlo todo desamparado como niño abandonado a su suerte. Con la ropa arrugada, ojeras y al borde de la desnutrición.


lunes, 5 de enero de 2015

Pistola de silicón

Hay cosas de las que nos quejamos cuando somos madres jóvenes, cosas que nos acomplejan, nos hieren en lo más profundo de nuestro ego. 

Una de esas cosas es la palabra señora, es un término con el que jamás terminamos de familiarizarnos, y es cada vez más inevitable vernos aludidas con él y la mayoría de las veces parecería ridículo pedir que no nos dijeran así, por ejemplo: en el hospital cuando damos a luz (bonitas nos veríamos diciendo: señorita, por favor), en la escuela de los niños, aún cuando las maestras son de nuestra generación.  Pero hay momentos en los que es realmente desalentador, incluso ofensivo; un grupo de adolescentes en la calle nos llama señora cuando nosotras aún creíamos caber en esa generación; en una tienda cualquiera, pareciera que esa palabra más que de respeto es de distancia, indiferencia, contrario a la palabra señorita que por sí misma suena más amable, seguramente por el diminutivo. Señora suena a grande, voluminosa, que estorba; solamente suena bien en boca de un pretendiente o un amante; así hasta podría ser sinónimo de seducción, seguridad, fascinación. No sé a qué edad suena a respeto, lo que es seguro es que no se lleva con la juventud.

Aunque cueste trabajo admitirlo, hay actitudes que sin querer nos van enmarcando poco a poco en esa categoría, hasta que de repente, ya estamos metidas hasta el cuello en la doñez. Antes sacábamos en cualquier momento el mezcal de la bolsa, ahora sacamos Baileys y poco falta para empezar a sacar rompope; antes la llegada de la noche nos provocaba hormigueo en las piernas por ir a bailar, a brincar, a desatarnos la cabellera y destaparnos el escote, ahora preferimos lugares donde se puede ir a platicar, o en una casa donde podamos ir con niños y a una hora que a ellos les resulte prudente; nuestras anécdotas eran de amantes fugaces, locuras, ahora de problemas económicos, quejas de los maridos; lo que antes era una competencia de festividades, después se convirtió en competencia de dolencias, a todas nos duele algo, ya nos hace daño algún grupo de alimentos y el chiste es juntarse a exponer quejas. Y lo peor de todo es que ese cambio de actividades nos sigue resultando divertido.

Pero hay un acto innegable en el que ya nos asuminos como señoras, y ese acto es la necesidad de comprar una pistola de silicón; nada nos hace sumergirnos tanto en la doñez como poseer ese artefacto, no importa para qué sea utilizado, tenerlo en las manos es merecernos con todas sus letras la palabra SEÑORA. En ese nivel ya ni cómo ayudarnos

jueves, 18 de diciembre de 2014

Otra vez

Pues nuevamente, el Príncipe me avisa que se larga, otra vez, como el año antepasado en el que también nos arruinó el fin de año. Pero esta vez es partida recargada, porque se va justo en nochebuena, el 24 de diciembre. Ya me cansé de persuadirlo de que no es lo mejor, que los niños quedan muy mal cuando se va, que el niño lo necesita, y que finalmente los problemas económicos no se resuelven, al contrario, se hacen más agudos.
Pero no dije ya nada, ya no puedo hacer gran cosa, sólo queda reunir fuerzas, las necesitaré para respaldar a mis hijos.
Si tan sólo supiera de lo que se pierde, el daño que les hace, si supiera que esos instantes a los que está renunciando, no los podrá recuperar jamás. No ve que se quedan llorando, tristes, frustrados y contando los días que faltan para su regreso.
Ojalá encuentre lo que busca tal lejos.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Crema y aguacate

Seguimos con los andares de mi padre jubilado, se ha vuelto servicial y amable. Van dos ocasiones que me pongo a trabajar en la casa de mi mamá, en el comedor, y mi papá me prepara un aparentemente delicioso sandwich de jamón, con mucho aguacate y crema.
Dos de los complementos que no soporto cuando se encuentran en abundancia en la comida, son precisamente, la crema y el aguacate. 
En agradecimiento y con una dificultad titánica, embutí el bocadillo, no podía ser de otra manera, mi papá muy pocas veces tuvo tales atenciones conmigo.