jueves, 15 de septiembre de 2016

Cuélgate pero no te columpies.

Alguna vez hice uso de las influencias de mi padre para no hacer fila en el canje de placas vehiculares, sin embargo mis infracciones siempre las he pagado, un tanto por miedo al regaño y otro tanto por no entrar en el mecanismo de la corrupción, más por lo primero que por lo segundo. He tenido conocidos que han sido maestros de mis hijos, he sido maestra del hijo de algún conocido y eso de las palancas y los privilegios simplemente no se me da. Creo firmemente que eso de las influencias debería reservarse para emergencias.
Hace poco empecé a darle clases a una sobrina, nomás porque de vez en cuando nos hemos topado pero somos tan cercanas como los polos de la tierra. Ella nunca ha jugado con mis hijos, nunca ha estado en mi casa ni yo en la suya.  A su papá ni le hablo, cuando nos hemos topado nos saludamos y punto, en la calle ni a un saludo llegaríamos. 
Al principio me hizo ruido el hecho de que ella estuviera ahí, pensé en que tal vez pudiera sentirse vigilada y que cada paso que diera iba ser informado por mí a sus padres. Pero no, ni la más mínima intención de ello.
En el mismo salón está el hijo de una compañera de trabajo y se le ocurrió preguntarme si yo iba a tener a su madre al tanto de sus actos. Aproveché la ocasión para lanzar la indirecta y dejé en claro que no usaría las relaciones personales ni para bien ni para mal.
Siendo honesta me preocupaba más la incomodidad de la niña que la mía, hasta que un día se acercó y me dijo: dice mi papá que si le puede mandar su número de teléfono. ¿A lo que yo respondí: mas o menos como para qué? Ella dijo que nomás para estar en contacto. Se lo di (sí, pequé de ingenua, y lo ingenuo es pariente de lo pendejo) porque creí que se trataría de un acercamiento más bien familiar.
Ese mismo día en la noche recibí una llamada, era el padre de la escuincla. Saludó muy formalmente y expresó su inconformidad por el carácter obligatorio del desfile, que pensaba que por ser escuela de paga no los obligarían a "esas cosas".

-No sé si sea muy grave que no vaya al desfile, quería ver si no podrías tú ahí meter tu cuchara para que le dieran chance de no desfilar. Y luego solamente es obligatorio para los de primero.
-Mira, no tengo idea de qué pueda pasar exactamente. Es obligatorio para primero y segundo, los de último grado no desfilan porque ya no llevan educación física y sólo dos alumnos de primero no van a desfilar: uno está enfermo del corazón y el otro tiene prótesis en las piernas.
-Y es que la inseguridad, después de los granadazos... ps está cabrón.
-Es fácil de resolver, si esas son tus razones puedes ir a hablar con la directora, explicarle tus razones, yo te garantizo que te resuelve y respeta tu desición de que la niña no desfile, pero como es calificación le tocará tal vez reponer con algún trabajo.
-Bueno, voy a hablar con ella, a ver si quiere desfilar o hacer trabajo.
(¿no que era la inseguridad?)

Nos despedimos y ahí acabó todo. No tendría problema en apoyar en algo si así se requiere pero esas son, en toda la extensión de la palabra, mamadas.
Para concluir, no me queda decir más que...
Esos son huevos y no chingaderas.

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